“Es difícil entenderlo para alguien que no lo ha vivido”
Tras ver el vídeo en redes sociales de las declaraciones de Jenni Hermoso acerca del sufrimiento que le había provocado el beso de Rubiales, me apeteció, por curiosidad, leer los comentarios del vídeo. Para mi sorpresa, el primero que encontré decía “¿Y los videos del autobús riéndose con sus compañeras?”, así como otros comentarios que iban en la misma línea. Por lo que no me pude resistir y le respondí: “Sigues la corriente hasta que te das cuenta de las emociones que tienes dentro. Es difícil entenderlo para alguien que no lo ha vivido.”
Os voy a contar la visión que tengo acerca de lo ocurrido con Jenni Hermoso y el famoso beso de Rubiales. Algo se ha despertado en mí, que me impide quedarme callada y de brazos cruzados, desde que ha empezado el juicio y he visto las declaraciones de Jenni, con sus respectivas críticas destructivas por el video del autobús o por tomarse unas vacaciones en Ibiza…
Por lo que hago este artículo, con la intención de tratar de abrir las mentes negacionistas del dolor que le ha provocado la acción inadecuada e intolerable del señor Rubiales, así como intentar que estas mentes vayan más allá de lo que parece a simple vista, porque eso, es solo la punta del iceberg.
Para ello, voy a contar una historia real que viví hace 20 años y que pocas personas conocen. Luego estableceré paralelismos entre mi experiencia y la de Jenni.
Hace 20 años, yo sólo era un adolescente de 13 primaveras, pero viví la experiencia más desagradable que hasta ahora me ha tocado vivir. Y desde luego, algo que no se lo deseo a nadie, ni a mi peor enemigo.
Todo transcurrió un día en la feria de Albacete. Quedé con unas amigas a eso de las 10 de la mañana en la plaza de toros para ver las vaquillas. Pero llegué tarde y mis amigas no estaban donde habíamos quedado, por lo que hice lo que se hacía entonces, ir a buscarlas. Cuando entré a la plaza de toros, estaba llenísima, no podía acceder a las gradas porque estaba abarrotado de gente que taponaba la entrada. Me quedé en la última fila del tapón y de puntillas, intentaba buscar a mis amigas entre las cabezas de la muchedumbre. Cuando de pronto empecé a sentir que me tocaban la pierna a mitad del muslo, una mano me agarraba completamente, no solo la tocaba. Además, llevaba unos pantalones cortos por lo que tocaba la piel directamente. Pensando que era normal que lo hicieran por el barullo de gente, tranquilamente me di la vuelta para chequear que pasaba en realidad y vi a un hombre muy arreglado, por lo que no sospeché absolutamente nada, de una media de 70 años. Lo recuerdo perfectamente a pesar de todos los años que han pasado: pelo blanco, bien repeinado para detrás, gafas metalizadas y rectangulares, americana beige, camisa azul, pantalones vaqueros y zapatos de cuero marrones.
Como me pareció que simplemente se había apoyado en mí para tratar de ver, como estaba haciendo yo, inocente de mí le dije sonriendo «nos va a costar ver a nuestros amigos hoy, ¿verdad?». Y sin esperar contestación, me di la vuelta y continué tratando de ver algo.
Cuando pocos segundos más tarde, me agarran de nuevo el muslo, en el mismo sitio. Obviamente sabía que era él ya que no había nadie más detrás. Empezó a no gustarme la situación, a verla rara, pero le quité la mano de mi pierna sin girarme y continúe buscando a mis amigas.
Cuando de repente, bruscamente y muy fuerte me agarra de nuevo el muslo. Rápido me giro y veo la cara del señor con los dos ojos cerrados muy fuerte y mordiéndose el labio inferior, con cara de deseo. Es lo más asqueroso que he visto en mi vida.
Di un suspiro involuntario y en mi batiburrillo de sorpresa, asco y rabia le metí un puñetazo a la mano para que me soltara y salí corriendo inmediatamente. Corrí por dentro de la plaza de toros, sin mirar atrás, hasta que encontré unas escaleras que tenían acceso a las gradas. Subí las escaleras y me escondí al lado izquierdo, tras un muro que había. Cuando estaba cogiendo aliento, en no más de 10 segundos, vi aparecer de nuevo al señor a mi lado, ¡no me lo podía creer! A un metro escaso de mí, miraba agitadamente para ambos lados, buscándome. Gracias al muro que impedía que me viera, tuve unas milésimas de segundo para buscar rápidamente a alguien conocido y gracias a que vi a 3 chicos de mi pueblo en la barrera. Sin pensármelo dos veces, corrí hacia ellos abriéndome paso entre la gente que estaba sentada en la grada, pisándoles… “perdón, perdón, perdón”… Y de un brinco, salté de las gradas a la barrera con estos chicos.
Asustadísima les conté lo que me estaba pasando… ¿Y sabéis cuál fue su respuesta?
–«¡Anda, has ligado con un madurito!».
Y los tres se echaron a reír. Y yo me reí con ellos.
Les seguí la corriente sí, pero os aseguro que gracia no me hizo ninguna… Y cagada de miedo les pedí si me podía quedar con ellos y que, por favor, me acompañaran a casa de mi amiga, que es donde me estaba quedando a dormir (ya que yo no tenía piso allí). Tuve que esperar a que acabaran las vaquillas, pero finalmente uno de ellos me acompañó.
Mientras íbamos para el piso de mi amiga, recuerdo el miedo y la psicosis que pasé por la calle. Mi mente no podía dejar de vigilar y de pensar que ese hombre aparecería en cualquier momento de nuevo…
Cuando llegué al piso, recuerdo como si fuera ayer, tumbarme en la cama y sentir el mayor asco que he sentido en mi vida hacia mi propio cuerpo. Era tan desagradable la sensación, que si hubiera estado en mi casa y hubiera tenido la libertad que no tenía allí, me habría bañado en lejía y me habría frotado todo el cuerpo con un estropajo. ¡¡¡Y porque sólo me tocó el muslo!!!
Os aseguro que es la peor sensación que he sentido en mi vida. Y recuerdo que aquel día pensé: «dios mío, si yo me siento así, y ese hombre sólo me ha tocado la pierna, no me quiero imaginar si hubiera sido una parte erógena… y mucho menos una violación«.
Increíble, no daba crédito.
¿Y sabéis que pasó ese día unas horas después? Que esa niña de 13 años, con toda su resiliencia, se fue a la feria de Albacete a pasárselo pipa.
Aunque la procesión iba por dentro…
Por tanto, cosas con las que me identifico con Jenni:
- Ser uno de los momentos más horribles de mi vida, cuando no tocaba.
- Reírme de la situación y restarle importancia delante de otros.
- Sentirme incomprendida y desprotegida ante la sociedad.
- Aparentar que no me había afectado tanto como realmente lo había hecho.
- La psicosis con la que se vive la situación.
- Aceptar que eso que había ocurrido había sido duro, pero obligarme a disfrutar del momento. En lugar de amargarme y quedarme llorando en casa.
A las personas resilientes no nos gusta llorar delante de los demás, no nos gusta mostrar nuestra parte vulnerable y somos capaces de continuar adelante a pesar de que por dentro estemos destrozadas. Y más cuando nos merecemos vivir otra cosa. Y con más fuerza cuando no ha sido justo. Somos capaces de aplazar el duelo de la situación, porque existen innumerables formas de vivirlo y no tiene por qué ser más válido o real el que te hunde inmediatamente en la miseria y detiene tu vida por completo.
Por tanto, me parece taaaaaan injusto que se juzgue el comportamiento posterior de Jenni… ¿en serio la gente que lo juzga no es capaz de ver que TOCÓ EL CIELO EN SU CARRERA PROFESIONAL? Le tocaba DISFRUTAR EL MOMENTO y su mente resiliente se lo permitió, dejando el duelo en segundo plano. Pero entender que, por mucho que no mires la suciedad que tienes en un rincón de tu casa en un momento dado, no significa que no esté.
Por tanto, ¿qué hace un juez o un abogado interpretando y valorando las conductas y emociones de una persona si no tiene capacidad para ello? ¿Acaso yo como psicóloga estoy capacitada para ponerle una condena a Rubiales? ¿Por qué no llaman a declarar a víctimas de situaciones similares? ¿Por qué no llaman a una psicóloga especialista en estos casos que pueda aclarar CON PROPIEDAD lo que puede sentir, pensar y hacer una persona que vive una situación así?
A pesar de todo esto, puedo llegar a entender al bando de los que no entienden las conductas de Jenni en el autobús o Ibiza, como dije anteriormente: “Es difícil entenderlo para alguien que no lo ha vivido”. A lo mejor, si yo no hubiera vivido esta experiencia hace 20 años también me extrañaría… La empatía es difícil, muy difícil, sin la propia experiencia.
Y lo más duro de esto es que, me paro a reflexionar y pienso que de mi historia han pasado 20 añazos. Veinte años desde que un hombre “aparentemente con poder” cruzó unos límites. Tuvo suerte de pasar en esa época, porque a día de hoy no se habría escapado de pagar por lo que hizo. Porque conmigo no pudo, mi resiliencia le ganó el pulso, pero me pregunto constantemente, “¿con cuántas sí que pudo conseguirlo?” Si lo hizo sin esconderse, a las 10 de la mañana y rodeado de miles de personas.
¡Anda! Acabo de encontrar otra similitud con el caso de Jenni y Rubiales.
Ahora me voy a poner seria. Si no se le pone un castigo a este hombre, ni éste, ni otros de su calaña van a parar de hacerlo… Son leyes básicas de la Psicología Conductual: para reducir una conducta, tiene que haber un castigo detrás. Y según los estudios de la Psicología de la Delincuencia, la sanción tiene que ser elevada para que surja efecto. Además, una conducta ajena se puede modificar por aprendizaje vicario, es decir, simplemente observando a otros se puede educar y cambiar a las personas. Por tanto, espero que se haga justicia, porque si Rubiales paga, pagarán muchos más.
Espero que Jenni no se rinda y pelee hasta el final. Por ella, por todas sus compañeras, por las que hemos vivido una situación similar y por las niñas y mujeres del futuro.
Para finalizar me gustaría recordar el objetivo de este artículo. Si hace que una sola persona abra su mente, habrá merecido completamente la pena. Si no, le invito a que pregunte a su círculo más cercano. SEGURO que descubre una historia similar a la de Jenni o la mía.

3 comentarios en «Sobre el caso de Jenni Hermoso»
jooo fuiste y eres un valiente .viviste un episodio terrible y venciste al igual que estoy seguro vencerá Jeny y será un ejemplo para todas las que han sufrido y sufren acoso machista ojalá tenga un castigo ejemplar….
No había mejor manera de explicarlo que con una experiencia personal. ¿Cuántas personas hemos respondido con una sonrisa a una situación que nos parecía muy incómoda? Yo me incluyo.
Muy buena reflexión!!
A mi me ha ayudado a ver con más empatía el caso de Jenny… ojalá siga habiendo más profesionales como tú, Marian, que nos ayuden a comprender situaciones tan dolorosas como estas… y nos ayuden a cambiar la mentalidad y a perseguir la justicia. Cada granito de arena es importante